Mi hija de tercer grado de repente tuvo fiebre alta, dolores musculares y tos en la escuela, así que salimos temprano y fuimos directamente a la clínica de medicina interna. Estaba muy preocupada porque la fiebre no bajaba a pesar de que le había dado antifebriles en casa. Al llegar a la clínica, la espera fue corta, así que pudimos ver a un médico rápidamente. El director examinó a mi hija minuciosamente. Le hicieron preguntas detalladas sobre cuándo comenzó la fiebre y qué síntomas presentaba, y también le revisaron cuidadosamente la garganta y la respiración.
Para confirmar el diagnóstico, realizamos pruebas rápidas de gripe y COVID-19, y afortunadamente, se trató de un simple resfriado viral. Sin embargo, dado que la fiebre alta persistía, le administramos de inmediato una inyección para bajar la fiebre y fluidoterapia intravenosa. El niño se sintió mucho mejor mientras recibía los fluidos intravenosos y, posteriormente, se le recetaron antifebriles y medicamentos para la tos y la flema. Me sentí aliviado porque las enfermeras cuidaron al niño con esmero durante todo el tratamiento.
Me gustó que evaluaran rápidamente el estado de mi hijo y procedieran de inmediato con el tratamiento necesario. Fue muy útil que proporcionaran instrucciones detalladas sobre cómo controlar la fiebre alta, incluso con un simple resfriado, incluyendo los intervalos para administrar los antifebriles en casa y cómo asegurar una hidratación adecuada. Después del tratamiento, la fiebre comenzó a bajar gradualmente esa misma noche, y el estado del niño mejoró significativamente al cabo de dos o tres días.