En mi última cita, me trataron la sensibilidad causada por el roce de mis dientes superiores e inferiores. Mientras que un lado estaba mejor, el otro estaba un poco más sensible, así que volví para otra consulta. Me explicaron que no se trataba de una simple recaída, sino de un sutil cambio en mi oclusión, que ejercía más presión en una zona específica. Me mostraron la situación con una cámara intraoral, lo que facilitó mucho la comprensión.
El tratamiento consistió en reforzar la resina antisensibilidad aplicada previamente y reajustar la alineación oclusal. El dentista realizó numerosas pruebas de mordida con papel y fue extremadamente meticuloso al tallar. Me impresionó lo mínimo que se logró ajustar sin una remoción excesiva. Prácticamente no sentí dolor durante el tratamiento, y el dentista me preguntaba con frecuencia cómo me sentía, lo que hizo que la experiencia fuera cómoda. Inmediatamente después del tratamiento, me hice una prueba de agua fría y la sensibilidad se redujo significativamente. Después de dos o tres días, se estabilizó hasta el punto de que apenas me molestaba en mi vida diaria. El hecho de que el dentista identificara con precisión la causa sin sobretratarme me infundió confianza.