Mi hijo de 26 meses llevaba varios días con dificultad para defecar, haciendo fuerza y llorando, así que, preocupada, acudí a consulta. Al entrar en la consulta, el médico me preguntó con calma sobre los hábitos alimenticios de mi hijo, su ingesta de líquidos y su intervalo entre deposiciones, haciéndome sentir como si me estuviera prestando atención. Me palpó suavemente el abdomen para comprobar si tenía hinchazón y revisó rápidamente la zona alrededor del ano para no sobresaltar a mi hijo.
El tratamiento fue adecuado para la edad, evitando irritantes y recetando una pequeña cantidad de jarabe para ablandar las heces. Las instrucciones detalladas sobre cómo tomar el medicamento, junto con consejos para ajustar la dieta, beber agua y masajes abdominales, fueron increíblemente útiles. Agradecí especialmente que el pediatra no recomendara enemas en exceso, sino que lo aplicara paso a paso según el progreso de mi hijo. Después del segundo día de tomar el medicamento, noté menos esfuerzo y evacuaciones más cómodas, lo cual fue un alivio. Confié en el pediatra porque se preocupaba tanto por la condición de mi hijo como por el bienestar de mis padres.