Durante los últimos días, cada vez que bebía agua fría, me dolían tanto los dientes que finalmente fui al dentista. La verdad es que siempre le he tenido miedo al dentista desde pequeña, así que quería evitarlo lo máximo posible. Sin embargo, el dolor empeoraba y no podía posponerlo más. Llegué puntual a mi cita y el interior estaba más luminoso y limpio de lo que esperaba, lo que me tranquilizó. En la sala de espera, proyectaban un vídeo sobre salud dental y había carteles con las técnicas correctas de cepillado en la pared. Leerlos me ayudó a calmar un poco la ansiedad.
Al entrar en la consulta y sentarme en la silla, mis hombros se tensaron sin motivo alguno. El doctor me preguntó detalladamente sobre mis molestias y examinó mis dientes a fondo. Tras tomarme una radiografía y escuchar la explicación, me dijo que mi caries estaba bastante avanzada. Me preocupé un momento, pero el doctor me explicó el proceso del tratamiento paso a paso, lo que me ayudó a tranquilizarme.
Estaba nervioso al oír el taladro, pero el dolor no fue tan intenso como esperaba. Quizás porque la anestesia hizo efecto, fue soportable y el tratamiento no duró mucho. Sin embargo, me dolía un poco la mandíbula por tener la boca abierta tanto tiempo. Después del tratamiento, me miré los dientes en el espejo y sentí una extraña satisfacción al ver lo limpios y prolijos que se veían.
Finalmente, tras recibir instrucciones y una receta, salí del hospital. Al salir, sentía las piernas un poco temblorosas, quizá por la relajación. Me arrepentí de haber evitado ir al dentista por miedo. Me prometí hacerme revisiones regulares y recibir tratamiento inmediato para cualquier problema menor. Fue un día que me recordó una vez más que la mejor estrategia es controlar la enfermedad antes de que aparezca.